Misterios y Secretos
Apariciones
La cara en la pared
Al principio se trató de extrañas manchas en la pared de la cocina. No era extraño que surgieran suciedades en ese ámbito, donde la grasa del churrasco y la humedad de los caldos deterioraba la pintura. Los dueños de casa, Ernesto y Dominga Montesalinos, las ignoraron hasta que fueron sumamente molestas. Intentaron limpiarlas y nada cambiaba; las manchas seguían allí. Lo extraño era que esas suciedades parecían crecer a medida que pasaban las horas.
Las erupciones en la pared se acercaban bastante a un rostro humano. Los dueños de casa, alterados, probaron con pintura y taparon, por algunos instantes, el inoportuno rostro.
Esa misma noche, mientras dormían, Ernesto y Dominga fueron despertados por voces cantoras. Ernesto, en estado de duermevela, se asomó a la habitación de su habitación y carajeó contra los vecinos, para que apagasen la molesta radio. Como la insistente voz no cesaba, siguió el murmullo hasta la cocina. Sorprendentemente el rostro de la pared estaba más definido que nunca. Era la cara de una jovencita rubia y de rostro soñado. La primera intención de Ernesto fue salir corriendo, pero luego pensó en el provecho que podría obtener de la situación.
Pasadas dos horas, Dominga, intrigada por la tardanza de su esposo, se acercó a la cocina. Al poco de entrar vio el rostro de la bella joven en la pared, quien lloraba. Ésta, en medio de sollozos, intentó denunciar lo acontecido, pero Domingo no dudó en hacerla callar de un puntapié.
Era llamativo que la cara cambiaba con los días. La asustada joven no volvió a aparecer y fue suplantada por un maduro camionero, que se entretenía diciendo groserías a todas y amenazando a Domingo por cierta perversión que le había realizado a la joven. Cada tanto, el rostro de la pared, insultaba a Domingo o le insinuaba gestos procaces.
Para ocultar las voces, el matrimonio se compró un loro.
El rostro siguiente fue el del Papa Pío XII, que se la pasaba recitando el Ave María y Padre Nuestro. El matrimonio estaba desesperado, ya que el servicial loro repetía la misa con gran fidelidad. El papa los obligaba a andar de rodillas y los sometía a penitencias.
El último rostro en aparecer fue el del propio Domingo, que pasaba las horas contando sus secretos más íntimos a quien quisiera escucharlo. Dominga se enteró de las vivencias más privadas de su esposo y le perdió el amor. Esa misma noche decidieron tirar la pared abajo y hacer un ventanal.
Lic. Victorino Kurtz ©2007 Solo Enanos Humor