Misterios y Secretos
Las desventuras de la pasion
Juliano Casabuona aprendió a amar a la iglesia por rechazo a su cuerpo. Había nacido enano y con un miembro largo como cola de diablo. Se limitó a caminar por la vida porque correr le dejaba moretones en las piernas. Se hizo novicio para evitar que cada dos por tres le pidiesen que enseñara la monstruosidad que le colgaba. Sin embargo los calores de la pasión lo empujaban a la mujer. Comenzó a tomar el vino de misa para engañarse y olvidar sus penas. Cierta noche, mamado, sintió unas calenturas de afiebrado y quiso probar la vagina. Caminó por calles de noche desierta con la vista engañada. De pronto, para su alegría, vio lo que parecía ser una monja enana. Agradeció al cielo por su fortuna y casi se largaba a llorar vino. Era un milagro, pensó, una mujer que al igual que él se había volcado a la religión para escaparle al cuerpo. Sin preámbulos se acopló a ella y tan pronto estuvo satisfecho, se durmió.
Al día siguiente, todavía con resaca, cuando el sol comenzó a lastimarlo, despertó. Se sintió culpable y pecador y quiso denunciarse ante la justicia. Buscó a la mujer que había sometido para ofrecerle sus disculpas, pero cuando sus ojos se posaron en ella descubrió el horror: la monja enana era en realidad un pingüino y estaban en el zoológico. Estaba desnudo y los niños lloraban al verle el sexo. Corrió tanto como le dieron las piernas, al tiempo que evitaba tropezarse con su coso.
Ya cansado, detuvo su marcha. Se sentó en un cordón de vereda y se lamentó de su suerte. Estando sentado, su miembro escapó por debajo de la sotana y se remojó en las aguas del cordón. Un transeúnte lo miró largo rato y luego le preguntó: ¿estás meando o le estas dando de tomar a la bestia?. Juliano tardó en comprender y, cuando lo hizo, salió corriendo nuevamente.
Abatido, llegó hasta una casa desconocida. Otra vez era la noche. Golpeó la puerta y una joven mujer salió a recibirlo. Le pareció hermosa y quiso amarla. Sintió como su sotana se levantaba por la fuerza que hacía su miembro en erección. La mujer entendió enseguida y lo hizo entrar, en ambos sentidos. Apuraron el paso hacia el cuarto y la mujer se acostó. Juliano comenzó a dar saltos en torno a cama y ella pensó que el joven estaba alegre. "Bueno, basta de festejos y acercate", dijo ella. "Ojalá pudiera; estoy intentando subirme a la cama", respondió tristemente Juliano. La mujer ayudó al novicio a subirse en la cama y le enseñó lo que era darle placer a una mujer. Se abrazaron y el encuentro duró toda la noche.
El día encontró a Juliano amargado y triste. La mujer había alcanzado el climax en varias oportunidades, pero él ni una sola vez. Era claro, sino alcanzaba a subir a la cama, menos iba a alcanzar el orgasmo.
Juliano volvió a la iglesia, para continuar con su celibato y para cargar con su miembro como Cristo cargó con su cruz.
Informe: Pablo Canevary© para Solo Enanos Humor