Comentarios y fragmentos de libros
La gran Leccion:
Memorias de una Maestra rural

Las líneas que siguen, son un extracto del libro “Memorias de una maestra candorosa”, primer libro de Teodora Verituzza, quien supo ser maestra de escuelas por 46 años. Este fragmento, titulado “La gran lección”, relata las vivencias de la autora en una escuelita de frontera. Teodora Verituzza ha sido una de las primeras profesoras en utilizar el metodo Montessori y las enseñanzas de Jean Piaget, en escuelas rurales.
Era mi primer día como profesora de cerámica y me había ido bien en todas las clases. Sin embargo, cuando me dirigía al salón de la última hora, oí gritos y golpes. Una compañera, la señorita Elisa, me había alertado acerca de ese curso, en el cual habían desaparecido doce profesores ya. Elisa había dicho, usando un tono compinche: “Esperemos que no seas la número trece. Vos sabes que el trece trae mala suerte”. Y juntas reímos de la ocurrencia.
Al poco de entrar en el aula, vi a dos alumnos pateando a otro en el piso. Sin saber muy bien que hacer, me erguí todo lo posible y les grité que volvieran a su lugar. Los jóvenes me observaron un rato, un largo y silencioso rato, con ojos desafiantes.
Yo sabía que en esa clase la mayoría era pobre y seguramente tendrían antecedentes penales. Sabiendo esto, fingí no ver cuando uno de ellos comenzó a traer leñas y cartones al aula.
Traté de dar la lección, pero todos los alumnos estaban fuera de sí. El joven que antes era golpeado en el piso, ahora estaba atado a un palo y debajo de él crecían las llamas de una hoguera. No aguanté más y los increpé: ¿Por qué hacen esto?, les dije, llena de temor. Uno de ellos, cuya cara atravesaba una cicatriz, dijo entonces: "Es que tenemos hambre".
Quedé desolada. Esos alumnos, con pocas armas para enfrentar la vida, apenas algunos puñales hechos con la cañería de gas, púberes de poco más de 30 años, no tenían que llevarse a la boca. ¿Cómo podrían aprender algo, si estaban con hambre? Decidí hacer algo al respecto. Mi sueldo era bien bajo, pero quería ayudar.
Al día siguiente, pidiendo entre los profesores, pudimos juntar suficiente dinero para que los alumnos pudiesen al menos comer una hamburguesa. Claro, era una hamburguesa para todos, pero era algo que nos acercaba humanamente. Decidimos que, por orden alfabético, masticasen un trozo de hamburguesa y que luego de algunas mordidas, unos se pasasen el bolo alimenticio de boca en boca.
¡Qué alegría observé en esos rostros inocentes! Es cierto que alguno quiso tragar alguna migaja, pero sus compañeros no dudaron en darle una paliza. Comprendí que en esas almas malolientes había justicia y un espíritu innato de sumisión a la autoridad. Todavía quedaban esperanzas.
Recuerdo que un día, cuando ellos debían traer materiales para armar un porta lápices de cerámica. Ninguno había traído elementos escolares. Encolerizada, supongo que por la angustia, les grité que si elementos, nuestras clases no podrían realizarse. Un largo silencio fue la respuesta del grupo. Hasta que uno de ellos, un chiquito adorable de labio leporino, me dio una lección. El me dijo “Señorita, no podemos comprar materiales; es que somos pobres”. ¡Cuánto dolor hizo nido en mi pecho! Sobre todo en el izquierdo, en el cual meses mas tarde un médico encontraría un pelo encarnado.
Les conté que siendo pobres ellos tenían la obligación de ser creativos. Les dije, por ejemplo, que Edison era tan pobre, que ni dinero para velas tenía y que por eso inventó la lámpara eléctrica. Ellos me escuchaban con atención, como escucharían los esclavos africanos las historias de los conquistadores europeos.
Semanas más tarde se acercaba el Día del Maestro, fecha en que los alumnos hacen regalos a sus maestros. Esa mañana coseché el fruto de mi esfuerzo. Mis alumnos me regalaron carteras, juegos de peines y otras atenciones. Elisa, mi compañera, me había dicho: “Supongo que estarás esperando el regalo de tus alumnos del último curso. No les aceptes nada. Recuerda que son delincuentes y que, seguramente, su obsequio sea mercadería robada”. Juntas reímos de su ocurrencia.
En mi interior sabía que había dejado una marca en esos muchachitos. Yo era la única persona en el mundo que los había tratado como seres humanos. Esa clase de gente es siempre agradecida y fiel como perro callejero. Sin embargo, nunca sospeché la sorpresa que me tendrían.
Al entrar al aula, el corazón me dio un vuelco. Las luces estaban apagadas. Por un instante recordé el hambre de esos chicos y confieso que me angustié. Nadie hablaba y comencé a gritar e insultarlos.
Pronto, alguien encendió las luces. Y allí, delante de mí, había una estatua, de tamaño natural, de mi persona. Era perfecta, como si me presentasen a la hermana gemela que nunca tuve. Me quedé sin habla. ¡Cuánto habían aprendido esos miserables!
Sin embargo, recordé la chanza de Elisa y pensé que habrían hecho su obra con material robado. Con tacto de adulto, les interrogué acerca del origen de la cerámica. Pude ver en ellos cierto rubor. Entonces, el muchacho del labio leporino, a quien llamaba “oveja”, se puso de pie y dijo: “Señorita, aprendimos la lección que usted nos dio. Comprendimos que somos pobres y que siempre lo seremos. Pero también comprendimos que podemos ser creativos. Por eso utilizamos lo único que teníamos: nuestros excrementos”.
¡Cuanta emoción sentí ese día! Mis ojos se poblaron de lágrimas, no sé si de emoción o por el intenso hedor. Ahora, mientras escribo, observo aquella dichosa estatua de excrementos, la cual adorna el living de casa.
Siempre recordaré a aquellos muchachos. Finalmente, fueron ellos los que me dieron la gran lección de mi vida.
Lic. Victorino Kurcio ©2007 Solo Enanos Humor