Misterios y Secretos

El hombre más feo del mundo

El hombre mas feo del mundo

 

Cuentan que al poco de nacer su padre se hizo apuñalar para evitarse el disgusto de mirarlo y que su madre, menos cobarde, se arrancó el útero para no dar vida otra vez. Nació en las orillas de Colonia, cuando todavía podía admirarse la recortada bruma de Buenos Aires desde el puerto. En suerte le tocó el nombre de Leonildo Batallan, aunque fue mejor conocido como el hombre más feo del mundo.
Una abuela ciega fue la encargada de su crianza, porque era la única con tripas para desnudarlo y cambiarlo. La vieja era mala y estricta: para que Leonildo comiera no dudaba en amenazarlo con alcanzarle un espejo o mostrarle la única foto que de él tenían. No tuvo amigos de juegos ni gente que le sonriera en su infancia. En la adolescencia jugó con la idea de volverse homosexual, porque comprendió que solo podían amarlo de espaldas.
Al venirse adulto, la suerte lo convidó con el fallecimiento de la abuela, quien le heredó una casa y dinero para mantenerse encerrado de por vida. Algunos vecinos de corazón noble no dudaban en invadirle la casa de tanto en tanto y propinarle terribles palizas para arreglarle la cara. Los efectos de los golpes eran prometedores pero duraban pocas semanas y luego la inflexible naturaleza volvía a imponerse a la obra del hombre.
Era tan fea la fealdad de Leonildo que las gentes de pueblos lejanos se acercaba hasta su casa para tener oportunidad de escupirlo o arrojarle alimentos en descomposición. Incluso un cura, que sermoneaba por el lugar, impulsaba con vehemencia que lo arrojaran a la justicia de la hoguera, puesto que veía en Leonildo al hijo del diablo. Cierta tarde unos muchachones venidos desde Minas, impresionados por los argumentos del clérigo, quisieron acortarle los días a Leonildo. Se fueron hasta su casa y luego de patearlo hasta quebrarle las orejas, lo arrojaron al fuego de un improvisado asador. Quiso la caprichosa lluvia salvarlo de la muerte y proponerle un destino diferente.
Leonildo fue internado en terapia intensiva y le dictaron la extremaunción. Los muchachones le habían quebrado la nariz en trece partes, le habían partidos los labios, arrancado once dientes, hundido los ojos y deformado el cráneo: en síntesis, Leonildo estaba hermoso. La llegada de un bello joven en desgracia no tardó en distribuirse en el hospital y las enfermeras pronto se enamoraron del desgraciado. Ellas se disputaban el turno para atenderlo y solo las más bravas adquirían el derecho de asearlo con esponja. Leonildo conoció el paraíso de las caricias y de los besos. Por las noches, las mujeres se metían a su habitación y lo amaban de formas variadas.
Cuando sus heridas amenazaron con cicatrizar, Leonildo se desesperó. Aprovechaba las soledades para golpearse el rostro con la mesita de noche o contra el borde metálico de la cama. Sin embargo, cada día se encontraba más repuesto y, por lo tanto, más espantoso. Las enfermeras no tardaron en sospechar y ya eran contadas las visitas que le hacían.
Desesperado y amargado Leonildo quiso recuperar su belleza y se arrojó de cara por una ventana. Apenas respiraba cuando lo encontraron. Los médicos dijeron que las fracturas eran múltiples y las heridas irreversibles. Por primera vez Leonildo fue feliz. Y esa misma noche murió bello.

Esteban Safarian©2007 Solo Enanos Humor