Misterios y Secretos


El hombre que no queria nacer

"Lo único que le pido a Dios es que no me de hijos: no quiero arruinarle la vida a nadie", había dicho Joaquin Mendoza poco antes de morir y dejar una viuda embarazada. Ese último deseo dejó a la preñada Lucrecia Mendoza en la peor de las perplejidades.

El hombre que no queria nacerLa gravidez transcurrió sin sobresaltos, pero regida por ese último anhelo de Joaquin. A los 9 meses reglamentarios, cuando ya se habían tejido las batitas, la viuda señora Mendoza esperó la llegada del vástago. Sin embargo el chico no le nacía. Espero otro mes más y nada. Al año de embarazo, preocupada, visitó a la partera del barrio, quien recomendó una serie de ejercicios para apurar el alumbramiento. Seis meses de estudios médicos y ejercicios se pasaron como un ventarrón y del chico no se veía ni la placenta.

Los años se sucedieron y el vientre de la señora Lucrecia Mendoza no paraba de crecer. Pensó que, por el tiempo transcurrido, el hijo ya debería asistir a la escuela. Como no deseaba que le naciera un niño analfabeto, comenzó a leer en voz alta cuanto libro de lecturas o matemáticas pudo obtener. Hacia la Navidad de ese año, momento en que las madres empaquetaban regalos y armaban los arbolitos, ella continuaba sola en el mundo.

La noche de 23 de Diciembre, mientras vociferaba por enésima vez la tabla del 2, escuchó una voz como de cañerías diciendo: "Ya que nunca me compraste nada, podrías comprarme un triciclo". Su sorpresa fue tan grande como sus sospechas de estar volviéndose loca. "Dale má, comprame un triciclo y te juro que me porto bien", dijo la voz. De inmediato comprendió que esa voz era la de su hijo, a quien decidió llamar Pedro. Claro que la emoción de la maternidad hizo que el feto tuviese su regalo solicitado.

Muchas de las embarazadas hablan de las patadas cariñosas que reciben de sus hijos. Lucrecia Mendoza podía no solo dar testimonio de patadas, sino también de cabezazos, corridas, saltos ornamentales y ring-rajes en su vientre. Por esos días se hizo común que, durante las comidas, una mano codiciosa apareciera por debajo de su falda y se llevase el contenido del plato, sea una pata de pollo o una tira de asado. Luego la mano volvía a surgir para dejar los huesos y, acaso, llevarse un vaso de vino.

A los 15 años de embarazo, la pobre viuda, descubrió, con cierta ternura, que de tanto en tanto le faltaban cigarrillos o le desaparecían revistas con fotos de mujeres desnudas. Podríamos preguntarnos porque Doña Lucrecia tenía esas revistas pero recordemos que era una mujer sola y devota a la memoria de su esposo.

De la noche a la mañana, comenzaron a circular muchachitas por la casa, quienes mantenían prolongadas charlas con el vientre de Lucrecia Mendoza. Ella se mostró un tanto reacia a esas visitas. El colmo fue cuando Pedro le comentó que quería llevarse una chica a vivir con él. Lucrecia se mantuvo firme en su desacuerdo. No es que el amor de madre fuese posesivo, sino que el niño estaría pesando 70 kilos y la pobre mujer ya no podía casi desplazarse y menos podría si su carga aumentaba un 50 kilos de golpe.

La viuda era feliz. Con el tiempo, su hijo se había recibido de arquitecto y había logrado ganar cierto prestigio en su círculo. También habían llegado a un acuerdo con respecto a las mujeres: les permitía que lo visiten pero ninguna podía quedarse por mucho tiempo. Sería un poco grotesco describir como Pedro se las arreglaba en el momento de amor o siquiera imaginarlo. El más inocente de los besos estaría recubierto del más vil pecado. Aunque fue mujeriego, no dejó descendencia.

Ya en su vejez, Lucrecia tuvo que vivir la peor de las experiencias. Cierto invierno, mientras leía en voz alta los resultados de la quiniela, notó que su hijo no respondía. Desesperada, le gritó y sacudió su panza, pero el silencio se mantuvo. Doña Lucrecia comprendió, tristemente, que finalmente había cumplido con el deseo de su esposo.

Lic. Laura Salino ©2007 Solo Enanos Humor