Relatos y Cuentos de Humor


La traición del ventrilocuo:
Victor Manuel y Sopapita

Ventrilocuo

La relación entre el ventrílocuo Víctor Manuel y su muñeco Sopapita nunca fue fácil. Manuel era el típico artista de carácter parco, repelente y mal llevado. Se había acercado a la actuación impulsado por su novia de la infancia, una chica japonesa criada a la antigua. Pocas veces lo oí hablar y en esas oportunidades solo hablaba de esta mujer, con la que pensaba casarse. En esas charlas no me costó reconocer que Manuel era tartamudo, afección que podía disimular cuando callaba. Por su parte, Sopapita, el entrañable muñeco, era seductor, tenía conocimientos varios y hacía gala de una pronunciación envidiable.
Juntos eran una pareja de excepción. El acto que realizaban era tan extraordinario que costaba reconocer quien era el ventrílocuo y quien el muñeco. Claro que en esto ayudaba el hecho de que Sopapita era un verdadero artista y que Manuel fuera enano.
Sin embargo, el brillo de sus apariciones públicas se veía opacado por lo que sucedía en la intimidad. Aquellos que llegamos a conocerlos, sabíamos que su relación era tirante. Como en muchos dúos famosos, la envidia andaba cerca. No cabía duda en que era el muñeco quien sostenía las funciones, con sus respuestas inteligentes, su facilidad para el canto y su innegable carisma. Tampoco puede negarse que tenía su atractivo: era varonil y de una belleza extraña. Este dato no fue ajeno para las admiradoras, quienes le hacían las más osadas propuestas y se le entregaban en racimos.
El ventrílocuo, conocedor de sus limitaciones, sabía que el publico lo rechazaba y notó como era relegado al papel del segundón, del que da el pie para concretar el gag. Varias veces intentó revertir la situación, reservándose los mejores chistes, esforzándose por parecer simpático e incluso saboteando los parlamentos del muñeco.
Sopapita, al igual que los grandes, tuvo paciencia, evitó las peleas, las provocaciones, y el tiempo lo premió: fue requerido para entrevistas, se fotografió en almanaques y cobraba sueldos que triplicaban al del ventrílocuo. Incluso hubo empresarios que intentaron contratarlo para unipersonales, cosa a la que se negó.
Las pequeñas diferencias pronto se transformaron en odio. Manuel detestaba al muñeco y no dudó en expresarlo. Con frecuencia se dejaba someter por la ira y, envalentonado por el alcohol, insultaba a Sopapita o intentaba golpearlo. La novia varias veces le pidió que dejase las diferencias a un lado, pero el desprecio fue más fuerte. Al pobre muñeco dejó de comprarle ropa, no le lustraba la cara y le escondió la valija, para transportarlo en bolsas de supermercados. En esa pequeñas bajezas encontraba venganza.
En sociedades tan complicadas era de esperar un final trágico. Manuel se había acostumbrado a gastar horas en bares y parrillas de mala muerte, donde bebía hasta que las piernas no le respondían. Los mozos tenían que aguantarle las quejas contra el muñeco y los pedidos de aceptación. La noche de la tragedia se había encontrado falto de dinero y volvió temprano a su casa. Ni bien entró, se sorprendió al encontrar las ropas de Sopapita regadas por el piso, en ruta hacia la habitación. El corazón le previno la inminencia de la traición. Escuchó jadeos de pasión y palabras soeces. Se evitó el disgusto de verse engañado por su novia y su socio y abandonó la casa, para nunca volver.
Como en tantas historias, era una japonesa la que separaba al grupo. El ventrílocuo y su muñeco nunca volvieron a actuar juntos. Años más tarde, nos enteramos que un muñeco triunfaba en prostíbulos decadentes y en el cine pornográfico. Al parecer, actuaba acompañado por una japonesa. Nunca quisimos ver esos espectáculos, por temor a presenciar la decadencia de un artista.

Informe: Lic. Vitorio Kurcio © para Solo Enanos Humor.