Relatos y Cuentos de Humor
Vida de Santos:
La adoración al padre Narvaez

Desde pequeño, el padre Gonzalo de Narváez, había dado indicios de timidez y de extrema fealdad, a la que se sumaba un poco disimulable enanismo. Estos factores hicieron que se segregase de la compañía de hombres y mujeres y que viviera en terrible soledad.
Años antes de hacerse cura, se había enamorado de su prima. Ella, una ferviente religiosa, rechazaba todos sus lances. La joven solo conocía el amor por los santos, ante los que se arrodillaba y pasaba horas de contemplación. No tardó Gonzalo en desear esa adoración y querer convertirse en santo. Por ello consultó en escuelas y conventos, buscando hacer carrera. En ese camino aprendió que a la santidad se llega produciendo milagros o muriendo de una manera espantosa. Los milagros eran escasos en su vida: nunca había multiplicado panes, caminado sobre las aguas o resucitado muertos. Supo entonces que su única opción era morir martirizado.
Se hizo discípulo del jesuita Fermín Ibarruta, quien había sido inmolado en 23 oportunidades, evangelizando a los aztecas. Este había sido golpeado, despellejado, amasado, macerado y horneado a baño maría, le habían amputado parte de los brazos y piernas, estirado la cabeza y hundido la nariz. Para el momento Ibarruta era un saco de carne parlante, que se desplazaba dentro de la bolsa de un canguro.
Convertido en párroco, Gonzalo encabezó una cruzada evangelizadora a la tierra Azteca. Sabía que su fe sería rechazada por los infieles y que, como a su maestro, lo someterían a algún atroz tormento y a la muerte. Viajaba solo con su cruz, su Biblia y 2895 mercenarios fuertemente armados. La tropa había sido seleccionada entre violadores, asesinos y proxenetas. Gonzalo suponía que si no lo asesinaban los infieles, tendría grandes probabilidad de morir en manos de la tropa, lo cual, técnicamente, era casi equivalente al martirio.
Al poco de zarpar, los aburridos mercenarios comenzaron a violarse, asesinarse y proxenetearse entre ellos. En la segunda semana de alta mar, la tropa se había reducido a una treintena de hombres, pero nadie había siquiera tocado a Gonzalo, quien había procurado ofender a los hombres, insultándolos o usando ropas sugerentes. Para la cuarta semana una tempestad asoló a la nave. Los mercenarios pidieron a Gonzalo que rezase por ellos, que pidiese por piedad ante Dios. El cura se negó y esperó lo inevitable: o lo mataban los ofendidos soldados o lo mataba la tormenta. Esos hombres entendieron que, para salvarse, debían abrazar la fe y se volcaron a la vida religiosa, renunciando a la violencia. Milagrosamente llegaron ilesos a tierra. Esa noche Gonzalo de Narváez lloró.
En México rechazó la compañía de soldados y recorrió la jungla en soledad y durante su camino escupió, orinó y defecó sobre las deidades aztecas. Sabía que era cuestión de tiempo que lo atraparan y trituraran. Pronto su cabeza tuvo precio.
Una soleada mañana de verano, divisó al ejercito azteca. No quiso ofrecer resistencia y esperó el ataque. Rodeado de salvajes, ofreció su cuello para el suplicio. En ese instante, algunos aborígenes lo estudiaron con detenimiento. Observaron sus piernas y brazos acortados, su cabeza estirada y su nariz achatada. En Gonzalo reconocieron a Ibarruta, aquel que ellos habían torturado hasta el cansancio y que no moría. Comprendieron que ese hombre era un dios viviente y se postraron ante él. Le edificaron templos, construyeron monumentos y le hicieron estatuas. Lo colocaron en un altar y por años lo adoraron.
Gonzalo nunca se sintió tan solo como en esos años.
Informe: Lic. Cristian Spaivak© para Solo Enanos Humor.